La cumbre de algunos sueños
Publicado: marzo 15, 2012 Archivado en: esto tampoco es una crítica de cine | Tags: la cumbre, pensamiento, un programa político, una resistencia, verano Deja un comentario »“Me escribió: siempre me he preguntado cuáles la función del recuerdo que no es lo contrario del olvido sino su reverso. Nos acordamos, reescribimos la memoria igual que reescribimos la historia. ¿Cómo acordarse de la sed?” (Chris Marker, Sin Sol, 1981)
Hace unos meses estrenó en Córdoba una película en 3d del cineasta alemán Werner Herzog: La cueva de los sueños olvidados. Una especie de documental sobre las cuevas Chauvet, ubicadas al sur de Francia, donde se descubrieron pinturas humanas con más de 30.000 años de antigüedad, conservadas por una bendición/conjunción atmosférica de la cueva, en perfecto estado. La decisión de filmar en 3 dimensiones tenía que ver con la posibilidad de captar y dar a conocer, los relieves, matices, pero sobre todo el uso de las superficies no necesariamente planas sobre las que pintaban nuestros antepasados. Mucho antes de que se declarara la invención artística de la Perspectiva, estos hombres dejaron constancia del movimiento, de su búsqueda, en esas paredes. Fue un acontecimiento cinematográfico y estético absolutamente radical. La película es una reflexión sobre la condición del hombre en relación a aquello que disuelve la individualidad de su existencia y que a su vez lo hace uno con el universo a través del alma humana. Una grieta. Terrible apuesta al pensamiento cinematográfico como una brecha posible en la filosofía del presente. En cartelera duró el tiempo que duran los suspiros ante una grata sorpresa.
Y sin embargo.
Enero de 2012, calor y sequedad que partían la tierra. La película quedaba flotando en algunas discusiones veraniegas entre los que la habían visto y los que escucharon los comentarios fervorosos de esos incipientes fanáticos. Ante la evidencia en esa falta de confianza arrogante que tienen las distribuidoras cinematográficas por su público, en La Cumbre, a 50 km de Córdoba capital, se abría la Octava Muestra de Cine Independiente. Un oasis, tres semanas de una fiesta contra el calor urbano de enero. La verdadera brecha, el paréntesis justo entre quienes apuestan a la mutación del cine como arte dentro del museo y los que creen que al cine le hace falta una sala oscura y un trabajo profundo y amoroso de programación. Una programación que no considere al público su enemigo sino alguien a quien le querés mostrar cosas que están buenas, un encuentro, una posibilidad. Películas que te parten la cabeza y que te hacen sentir, a veces, mucho menos solo de lo que creías estar.
Pensar el cine o el cine como forma que piensa
Una de las películas de la muestra que abrió un diálogo contundente con La cueva de los sueños olvidados fue Nostalgia de la luz (2010) de Patricio Guzmán. Increíble. Al principio cuesta acostumbrarse al relato de la voz en off chilena, pero cuando entras a la propuesta a la que el realizador te está invitando, abandonás todo tipo de resistencia. Guzmán plantea un paralelismo entre la búsqueda de la astronomía y la arqueología como ciencias que rastrean el pasado y la búsqueda de las “Mujeres de Atacama” quienes, hace más de 28 años, buscan los huesos de sus muertos, desaparecidos durante la última dictadura de Pinochet. ¿Cuál es el tiempo que mira un astrónomo?, ¿cómo reconfigura el pasado un arqueólogo?, ¿qué tipo de lazos sostienen con las huellas materiales las Mujeres de Atacama, caminando por el desierto como si la distancia estuviera de su lado? ¿Se disuelve acaso el alma en el desierto, se funde así con el universo, ese que esconde los huesos de lo que aún no puede ser recuperado?
Herzog le preguntaba a uno de los arqueólogos que formaba parte de los estudios en Las cuevas Chauvet, “¿qué cosas son las que distinguen al hombre como especie?” Y este buen hombre le decía algo parecido a esto: “la capacidad de adaptarnos al entorno pero también la capacidad de comunicar, de comunicar sobre lo sólido, la capacidad de perdurar”. Joris Ivens es un cineasta que formó parte de la escuela de Grierson, una escuela británica de documental que seguía ciertas reglas poéticas a la hora de captar la realidad. Ivens estaba muy interesado en los fenómenos naturales y su relación creativa con el hombre. En 1929 hizo Lluvia, hermosa película que tiene al hombre como invitado a una escena que lo precede: la lluvia no es una lluvia, es una especie de cualidad primera captada en su materialidad. Y en este sentido, es alucinante ver la inversión protagónica de su relato, en La historia del viento (1988), es justamente el viento quien tiene la palabra, es un ejercicio de montaje cinematográfico que se parece a esos estribillos de canción que resumen todo eso que te hubiera costado mil años poder describir. Ivens es un poeta del movimiento, ya sea de la naturaleza o del movimiento de justicia rítmica que adquieren las luchas sociales de los hombres que tienen convicciones. Paralelo 17 (1968) es una película que muestra como los vietnamitas reconstruían sus viviendas, sembrados, vidas y costumbres después de cada bombardeo norteamericano. La lluvia, el viento, la perseverancia de la lucha, dejan marcas de comunión entre el hombre y la naturaleza, es preciso una observación cauta y respetuosa, para poder captar lo que tienen para decir sus fluidos.
Un paseo
La muestra de cine no está organizada en función de la novedad, no tiene necesidad de estar a la vanguardia de nada, ni debe ser una plataforma de exhibición. Hay una mezcla de años que recorren acontecimientos dándole la espalda a cualquier tipo de dictamen temporal. Eso quizás la libera de lo que adolecen muchos festivales: “ser representativos”, palabra fea y engañosa si las hay. En la Cumbre, cada año la prioridad es el gusto de su programador Roger Koza, quien previamente recorrió varios festivales cinematográficos del mundo antes de decidir qué nos va a invitar a mirar. Sin embargo el gusto, la convicción, la formación y algunas dudas, tienen que ver con lo que la época propone. En este sentido, hay algo interesante en los modos que asume cierta revisión histórica sobre el pasado. Si pensamos en las candidatas al Oscar de este 2012, donde queda claro que hay una voluntad de mea culpa a lo Hollywood (esto es una vuelta de página al pasado como si de personajes perturbados se hubiera tratado esto de ser imperialista, perverso y colonizador), en La muestra de cine de La Cumbre hubo una contracara inteligente y brillantemente narrada, sobre el devenir de las colonias conquistadas por las grandes potencias. Se trata de Material blanco (2009) de Claire Denis, cineasta francesa contemporánea. La película, protagonizada por Isabelle Huppert, muestra los movimientos conflictivos entre los habitantes de un pueblo de África y algunos blancos, hijos de los colonos nacidos allí a quienes “la tierra desprecia porque son rubios”, aunque trabajen en plantaciones, aunque se sientan parte de ese suelo, hay algo, que, como la propia libertad, terminará siendo inevitable. En ese relato no hay psicología de salón, ni personajes buenos y malos que nos ayuden a decodificar donde se radica el “mal verdadero”. No es un drama que piense el apartheid, como Historias Cruzadas (2011) por ejemplo, con dosis justas de humor y tragedia. No es una película que se meta en la intimidad de personajes desquiciados y en su paranoia resuma un siglo de atrocidades de las que fuimos víctimas. Material blanco se refiere al Sistema. Al sistema de explotación capitalista, ese que discursivamente se metió dentro de nuestra piel. La película es una mirada que pregunta, un encuentro, donde no se polariza la explicación ni el castigo que la historia tiene reservado para quienes hayan obrado mal. Este filme expresa el devenir y el sufrimiento del que el hombre forma parte mientras transita los designios del imperio. No es, a diferencia del juego propuesto por la expiación conservadora que se premia en Hollywood, tranquilizador ni bien pensante, es, como todas las películas programadas en la muestra, una contraofensiva a los lugares comunes, aburridos y pacatos del cine entendido como mensaje.
La muestra de la Cumbre dura un suspiro si la comparamos con un año entero de estrenos en los shoppings centers. Pero es un suspiro de alivio, sorpresa y armonía. Es una road movie de verano; con propuesta de transformación incluida en el trayecto. Es como la cueva que encontró Chauvet en Francia y filmó Werner en 3d, ese misterio que conjuga la piel de gallina por todo aquello que te hermana con el universo con la singularidad que nos hace adaptarnos y reinventar como especie, un mundo plagado de signos.
Hace unos meses estrenó en Córdoba una película en 3d del cineasta alemán Werner Herzog: La cueva de los sueños olvidados. Una especie de documental sobre las cuevas Chauvet, ubicadas al sur de Francia, donde se descubrieron pinturas humanas con más de 30.000 años de antigüedad, conservadas por una bendición/conjunción atmosférica de la cueva, en perfecto estado. La decisión de filmar en 3 dimensiones tenía que ver con la posibilidad de captar y dar a conocer, los relieves, matices, pero sobre todo el uso de las superficies no necesariamente planas sobre las que pintaban nuestros antepasados. Mucho antes de que se declarara la invención artística de la Perspectiva, estos hombres dejaron constancia del movimiento, de su búsqueda, en esas paredes. Fue un acontecimiento cinematográfico y estético absolutamente radical. La película es una reflexión sobre la condición del hombre en relación a aquello que disuelve la individualidad de su existencia y que a su vez lo hace uno con el universo a través del alma humana. Una grieta. Terrible apuesta al pensamiento cinematográfico como una brecha posible en la filosofía del presente. En cartelera duró el tiempo que duran los suspiros ante una grata sorpresa.
Y sin embargo.
Enero de 2012, calor y sequedad que partían la tierra. La película quedaba flotando en algunas discusiones veraniegas entre los que la habían visto y los que escucharon los comentarios fervorosos de esos incipientes fanáticos. Ante la evidencia en esa falta de confianza arrogante que tienen las distribuidoras cinematográficas por su público, en La Cumbre, a 50 km de Córdoba capital, se abría la Octava Muestra de Cine Independiente. Un oasis, tres semanas de una fiesta contra el calor urbano de enero. La verdadera brecha, el paréntesis justo entre quienes apuestan a la mutación del cine como arte dentro del museo y los que creen que al cine le hace falta una sala oscura y un trabajo profundo y amoroso de programación. Una programación que no considere al público su enemigo sino alguien a quien le querés mostrar cosas que están buenas, un encuentro, una posibilidad. Películas que te parten la cabeza y que te hacen sentir, a veces, mucho menos solo de lo que creías estar.
Pensar el cine o el cine como forma que piensa
Una de las películas de la muestra que abrió un diálogo contundente con La cueva de los sueños olvidados fue Nostalgia de la luz (2010) de Patricio Guzmán. Increíble. Al principio cuesta acostumbrarse al relato de la voz en off chilena, pero cuando entras a la propuesta a la que el realizador te está invitando, abandonás todo tipo de resistencia. Guzmán plantea un paralelismo entre la búsqueda de la astronomía y la arqueología como ciencias que rastrean el pasado y la búsqueda de las “Mujeres de Atacama” quienes, hace más de 28 años, buscan los huesos de sus muertos, desaparecidos durante la última dictadura de Pinochet. ¿Cuál es el tiempo que mira un astrónomo?, ¿cómo reconfigura el pasado un arqueólogo?, ¿qué tipo de lazos sostienen con las huellas materiales las Mujeres de Atacama, caminando por el desierto como si la distancia estuviera de su lado? ¿Se disuelve acaso el alma en el desierto, se funde así con el universo, ese que esconde los huesos de lo que aún no puede ser recuperado?
Herzog le preguntaba a uno de los arqueólogos que formaba parte de los estudios en Las cuevas Chauvet, “¿qué cosas son las que distinguen al hombre como especie?” Y este buen hombre le decía algo parecido a esto: “la capacidad de adaptarnos al entorno pero también la capacidad de comunicar, de comunicar sobre lo sólido, la capacidad de perdurar”. Joris Ivens es un cineasta que formó parte de la escuela de Grierson, una escuela británica de documental que seguía ciertas reglas poéticas a la hora de captar la realidad. Ivens estaba muy interesado en los fenómenos naturales y su relación creativa con el hombre. En 1929 hizo Lluvia, hermosa película que tiene al hombre como invitado a una escena que lo precede: la lluvia no es una lluvia, es una especie de cualidad primera captada en su materialidad. Y en este sentido, es alucinante ver la inversión protagónica de su relato, en La historia del viento (1988), es justamente el viento quien tiene la palabra, es un ejercicio de montaje cinematográfico que se parece a esos estribillos de canción que resumen todo eso que te hubiera costado mil años poder describir. Ivens es un poeta del movimiento, ya sea de la naturaleza o del movimiento de justicia rítmica que adquieren las luchas sociales de los hombres que tienen convicciones. Paralelo 17 (1968) es una película que muestra como los vietnamitas reconstruían sus viviendas, sembrados, vidas y costumbres después de cada bombardeo norteamericano. La lluvia, el viento, la perseverancia de la lucha, dejan marcas de comunión entre el hombre y la naturaleza, es preciso una observación cauta y respetuosa, para poder captar lo que tienen para decir sus fluidos.
Un paseo
La muestra de cine no está organizada en función de la novedad, no tiene necesidad de estar a la vanguardia de nada, ni debe ser una plataforma de exhibición. Hay una mezcla de años que recorren acontecimientos dándole la espalda a cualquier tipo de dictamen temporal. Eso quizás la libera de lo que adolecen muchos festivales: “ser representativos”, palabra fea y engañosa si las hay. En la Cumbre, cada año la prioridad es el gusto de su programador Roger Koza, quien previamente recorrió varios festivales cinematográficos del mundo antes de decidir qué nos va a invitar a mirar. Sin embargo el gusto, la convicción, la formación y algunas dudas, tienen que ver con lo que la época propone. En este sentido, hay algo interesante en los modos que asume cierta revisión histórica sobre el pasado. Si pensamos en las candidatas al Oscar de este 2012, donde queda claro que hay una voluntad de mea culpa a lo Hollywood (esto es una vuelta de página al pasado como si de personajes perturbados se hubiera tratado esto de ser imperialista, perverso y colonizador), en La muestra de cine de La Cumbre hubo una contracara inteligente y brillantemente narrada, sobre el devenir de las colonias conquistadas por las grandes potencias. Se trata de Material blanco (2009) de Claire Denis, cineasta francesa contemporánea. La película, protagonizada por Isabelle Huppert, muestra los movimientos conflictivos entre los habitantes de un pueblo de África y algunos blancos, hijos de los colonos nacidos allí a quienes “la tierra desprecia porque son rubios”, aunque trabajen en plantaciones, aunque se sientan parte de ese suelo, hay algo, que, como la propia libertad, terminará siendo inevitable. En ese relato no hay psicología de salón, ni personajes buenos y malos que nos ayuden a decodificar donde se radica el “mal verdadero”. No es un drama que piense el apartheid, como Historias Cruzadas (2011) por ejemplo, con dosis justas de humor y tragedia. No es una película que se meta en la intimidad de personajes desquiciados y en su paranoia resuma un siglo de atrocidades de las que fuimos víctimas. Material blanco se refiere al Sistema. Al sistema de explotación capitalista, ese que discursivamente se metió dentro de nuestra piel. La película es una mirada que pregunta, un encuentro, donde no se polariza la explicación ni el castigo que la historia tiene reservado para quienes hayan obrado mal. Este filme expresa el devenir y el sufrimiento del que el hombre forma parte mientras transita los designios del imperio. No es, a diferencia del juego propuesto por la expiación conservadora que se premia en Hollywood, tranquilizador ni bien pensante, es, como todas las películas programadas en la muestra, una contraofensiva a los lugares comunes, aburridos y pacatos del cine entendido como mensaje.
La muestra de la Cumbre dura un suspiro si la comparamos con un año entero de estrenos en los shoppings centers. Pero es un suspiro de alivio, sorpresa y armonía. Es una road movie de verano; con propuesta de transformación incluida en el trayecto. Es como la cueva que encontró Chauvet en Francia y filmó Werner en 3d, ese misterio que conjuga la piel de gallina por todo aquello que te hermana con el universo con la singularidad que nos hace adaptarnos y reinventar como especie, un mundo plagado de signos.
Nota publicada previamente en revista Deodoro, marzo 2012
¡No me cierren el bar!
Publicado: febrero 12, 2012 Archivado en: esto tampoco es una crítica de cine | Tags: cine nacional, la moda de la contención, los anti campanella, universidad del cine Deja un comentario »Crónica de un viaje eterno
Salté del tren sin que me importe nada porque no daba más: 20 horas de viaje sólo por probar el tren en clase turista. Lo único interesante había sido la noche en el bar, después de una comida fatal y un camarero copado, cuando me vi riendo entre un grupo de estudiantes secundarios que viajaban a Tecnópolís. Por un instante sentí que había salvado la noche hasta que llegó el momento fatal de la pregunta: “¿A qué te dedicas?”.
¿Por qué tendremos los cordobeses esa horrible costumbre de preguntarle al otro “qué hace”?. Una amiga en Barcelona me decía que la única raza de argentinos a los que les importaba la profesión y el apellido del interlocutor éramos los cordobeses, que decimos: “¿Conocés a la Caro, la abogada?”. Entre dientes les dije: “soy crítica de cine”. Repitieron mis palabras a coro, no sé si encantados o desilusionados. “Bueno –dije-, entre otras cosas”. “¿Qué cosas?”, insistieron. “Eh… investigo sobre cine, estudio el cine, pienso el cine, hago un doctorado”… y antes de que terminara la frase pensé “¡Qué cagada! Debería haberme hecho la dealer, o inventar algo que causara más emoción”. Pero ya era tarde, casi sin hablar había aburrido al insomne público adolescente. Sin embargo, de atrás casi sin asomarse, con una coca cola zero en las manos, uno de ellos preguntó: “¿Y qué hace un crítico de cine?”. Me arremangué la camisa, terminé mi cerveza, pedí otra por las dudas, y empecé: “¿Qué hay en cartelera ahora? Bien, hay tres películas argentinas, ¿qué saben de ellas?”. La respuesta fue: “Nada”.
Ah, pensé: “¿No ven cine argentino, no van al cine? ¿Renuncio a esto? Un esfuerzo más, me dije, si se van estas criaturas cierra el bar del tren y te vas a pasar la noche en ese asiento tan estático como Alan Pauls en La Vida nueva”.
Entonces empecé mi relato: “¿Vieron que ustedes ahora van a una feria? Bien, supongan que en uno de los salones hay un espacio dedicado a las últimas producciones de cine argentino independiente. Imaginen que yo me disfrazo de guía y les voy contando que desde los orígenes el cine argentino se debate entre ser un arte o transformarse en una industria, como la de Hollywood por ejemplo. Pero no le sale, o le sale por momentos pero con una clara dependencia a los países dominantes. Imaginen que vamos observando imágenes, las primeras imágenes de nuestro cine, había necesidad de definir quiénes éramos. ¿El campo o la ciudad? ¿Cuáles eran los verdaderos portavoces de un país que estaba empezando? ¿Quiénes eran los indígenas, qué derechos tenían? ¿Y esos inmigrantes?, miren la pantalla, un conventillo plagado de gente, cada uno en lo suyo, venían de lejos, se instalaban juntos. Y después de la guerra en Europa, el cine en el mundo se distancia del modelo feliz que se proponía desde Hollywood, se filma en blanco y negro, los cineastas salen a la calle (sonido directo y luz ambiente). Sí, no quedaban estudios de cine en pie, habían bombardeado las ciudades más importantes de Europa. Nace el neorrealismo. Y acá, en Argentina, también teníamos una especie de realismo social, lo teníamos al Negro Ferreyra, después a Mario Soffici con Kilometro 111. Bueno, ya, no los aburro con nombres”.
De repente salta uno rompiendo el hechizo de mi cuento y grita: “¡Y qué tiene que ver eso con las películas de ahora en el cine!”
“Que pareciera que al cine argentino todavía hay cosas que le cuestan”, respondo. “¿Cómo qué?”, re-pregunta. “Como hacerse cargo de la mirada por ejemplo” (“La mirada, ¿cómo salgo de esto?”, pensé).
Pero vamos por parte (respiro hondo, tomo un trago de esa cerveza casi sin espuma y retomo el relato). -“Decíamos que después de la segunda guerra mundial el modo de filmar, el modo de mirar el mundo ya no fue el mismo casi para nadie. En nuestro país hubo un cineasta, que primero fue actor, que se formó con otro grande, Leopoldo Torres Nilson, que pudo eludir esa barrera, algunas veces falsa, que hay entre la industria y el arte. Por qué, ¿qué se esconde, qué hay detrás del temor a lo masivo? Ese cineasta es Leonardo Favio. Favio miró al pueblo sin temores, no lo representó, no habló en su nombre, no lo filmó con complacencia ni con distancia. Favio es un artista popular. ¿Cómo hacer cine para el gran público, o para el público sin caer en la banalización? La verdad, ni idea chicos, es el eterno debate. Es como preguntarse ¿Desde qué lugar creamos algo? Hoy hay muchas escuelas de cine, pocas públicas, la mayoría privadas. Una de las que dio excelentes rendimientos fue la Fundación Universidad del Cine de Buenos Aires, la FUC; de ahí salió Mariano LLinás y su buenísima Historias Extraordinarias. Una película innovadora en un momento donde parecía que no había nada nuevo bajo el sol. Llinás explotó un modo narrativo que incluía la palabra como acción del relato, no como su significado. Hizo una película increíble, de más de cuatro horas con un presupuesto de tan sólo 30 mil dólares. Un genio. Pero parece que después fue difícil para los realizadores argentinos independientes (por ahora digamos que relativamente independientes al dinero del instituto de cine) sostener la relación entre arte y público, fíjense que las películas argentinas cada vez duran menos en cartelera. Las salas de los shopping sólo se bancan los grandes tanques que vienen con garantía de recuperación en mano. Sin ir más lejos, ustedes me dicen que no ven cine argentino como si fuera un orgullo”.
-“¿De qué van las películas argentinas que están en cartel ahora?”. -Bueno, es lo que estoy tratando de decir, hasta donde sé, están Medianeras que es de Gustavo Taretto, La nueva vida de Santiago Palavecino y Un mundo misterioso de Rodrigo Moreno. Cada una merecería un apartado especial, van de lo suyo, lo único que puedo decir es que creo que las tres cayeron en la trampa del miedo. Miedo a no ser exagerados, miedo al desborde dramático de mucho cine argentino precedente. Pero, en un intento de eludir un modo afectado de contar algo, terminan siendo lo que temen: un modo afectado de contar algo. No debe ser fácil encontrar el tono propio, particular de decir algo cuando la herencia es tan buena (pensemos en Lucrecia Martel, Adrian Caetano, Lisandro Alonso, Pablo Trapero, Mariano LLinás). Y pareciera que cierto cine argentino contemporáneo está más atento al manual del cineasta independiente, ese que dice: ¡Cuidado con la emoción, no vaya a ser cosa que te parezcas a Darín en El hijo de la novia. -“¿Qué qué? ¿Qué si no me gusta el cine argentino?” Todo lo contrario, quiero un cine argentino. Igual me parece que están pasando cosas muy interesantes fuera de la metrópolis, miren Córdoba sino (y ahí se venía la segunda bolilla: Cine y federalismo).
La verdad es que ya todo daba igual, habían cerrado el bar en medio del relato, nos fuimos a fumar al pasillo. Nadie iba a dormir, más de 20 horas en el tren, había que hacer otra historia.
Crónica publicada en revista Good News, noviembre 2011
Separarse siempre es un abismo: por un febrero mejor
Publicado: febrero 6, 2012 Archivado en: esto tampoco es una crítica de cine | Tags: cine rumano de colección, volver a filmar ese abismo... Deja un comentario »Ficha técnica: IMDB http://pro.imdb.com/title/tt1470024/
Comprendí las ganas de mi primera separación (a las que sumarían en cadena otras miles como si de aprender a andar en bici se hubiera tratado esto de decir “no sigo”) por una película: Viaggio en Italia (Te querré siempre, su traducción al español) de Roberto Rossellini.
Es curioso porque los protagonistas no se separan, discuten, se distancian, viajan por un país que les es ajeno, se desconocen pero también, en el abismo, se vuelven a encontrar. La película está ahí, en la tensión que genera un entorno extraño denunciando la extrañeza del vínculo de una pareja en crisis. No sé si en su momento pude ponerlo en palabras, pero lo que vi en esas imágenes se parecía a algo que yo aún no había descifrado. Y si Rossellini fue un grande, entre otras cosas lo fue por eso, por mostrar la sensibilidad, sin subrayado ni explicación, de sus personajes en tránsito. Vulnerables, frágiles creadores y creados por la época de la que formaban parte.
Ciertas formas afectivas son universales. Si no dejaste, te dejaron, si no engañaste o te engañaron, si no te enamoraste de más de una persona a la vez…
Pero lo universal también se sostiene, y justamente es universal porque no está en el aire flotando. Hay muchos directores que con sus películas traspasan épocas, sin embargo jamás dejan de hacerse cargo de ella. Rossellini, Chris Marker, Leonardo Favio, Hugo Santiago, Godard y Caetano…
Y hay un cine, que viene del este y que desde hace un tiempo irrumpe en nuestro país con aires renovadores. Un cine que le saca la lengua (casi sin darse cuenta) a Hollywood y a esa gran dama venida a menos que es la Europa de hoy.
El cine rumano está de moda me decían mis amigos. Primero 12:08, al este de Bucarest de Corneliu Porumboiu, después La muerte del señor Lazarescu de Cristi Puiu, al poco tiempo 4 meses, 3 semanas y 1 día de Cristian Mungiu, y Policía adjetivo también de Porumboiu. Y ahora Aquel martes después de navidad de Radu Mutean. Un cine con lógica narrativa, personajes, un contexto histórico político y un modo de relacionar todos esos elementos nada convencional. Las películas rumanas que llegaron a nuestras salas tienen un tiempo distinto, como si se hubieran acostumbrado a tener paciencia, en ningún momento te da la sensación de apuro pero si de una tensión que late con la fuerza de algo que irreversiblemente va a suceder. El entorno nunca es un decorado o parte de “la puesta en escena”, el entorno es también un personaje. Y eso está bueno porque plantea un vínculo entre el afuera y el adentro, entre el contexto y el interior, entre la subjetividad y el mundo que nos rodea de mutua implicancia. No hace falta explicitar las condiciones histórico sociales para que estas sean parte del relato, tan sólo con no desenfocar el exterior, con no considerar que los protagonistas pueden ser seres venidos de cualquier planeta, el contexto, si nos dejamos de creer el centro del universo por un rato, debería estar presente. De otra manera, ¿quién nos ha hecho creer que podemos tener una subjetividad “privada”?
¿Hoolywood?
¿El capitalismo?
¿El capitalismo y el psiconálisis?
Con el psicoanálisis aprendimos a nombrar mi mundo privado, interior, incomprensible. Mis problemas personales, mi Edipo, mi relación primigenia e irresuelta con un inconsciente poco elaborado. Mi. Mi. Mi. Como si el psicoanálisis se hubiera aliado al capitalismo privatizando también el yo colectivo. Quizás por eso son celebradas las oportunidades donde la visión de mundo excede la lógica personalista, individual y ahistórica.
Si hay ciertas formas que son universales como el amor, el desamor, el engaño y la sensación de mierda de la navidad, esto no tiene por qué ajustarse únicamente a personajes desadaptados. Ni el mundo ni sus habitantes fueron siempre los mismos. Santa Claus, San Valentín, el Niño dios y sus secuaces son inventos y como tales podemos cuestionarlos.
Y no es que el cine rumano esté sólo de moda. Es que el cine rumano está bueno, tiene algo para decir sin mirarse el ombligo. Lo interesante es que vuelve a lanzar esta supuesta universalidad desafectada a la rueda del tiempo.
El amor de Aquél martes después de navidad, no es cualquier amor, es un amor de esta época. Es un amor que consume y regala, gasta, progresa y como todos, también sufre. El cine rumano invirtió, como ya lo hicieron grandes movimientos previos, entre ellos el que dio origen a la modernidad en el cine, los roles de una ecuación inventada: “personajes (ganadores o perdedores) + entorno como decorado” por: “el mundo + personajes + la relación con el mundo o en su defecto, lo que puedas hacer con esta relación”
Son tres los protagonistas. Un matrimonio: él, Paul y ella, Adriana, con más de 10 años de casados y la dentista de la hija de ambos: Raluca. La pareja se lleva bien, son armoniosos, se organizan, compran regalos de navidad juntos, planean vacaciones, hablan de temas intrascendentes, en fin, un matrimonio. Pero en la primera y más larga de las escenas, están Raluca y él, desnudos en la cama, disfrutando una intimidad parecida a la complicidad que da el afecto más que a la urgencia del engaño. El triángulo se sostiene sin exabruptos, hasta que él no puede más y le cuenta a su esposa que se enamoró de otra mujer. Segunda escena filmada en un plano secuencia que parece infinito, el matrimonio discute, la esposa pierde los estribos de la manera más natural posible, esa que oscila entre la comprensión, el derrumbe y la certeza de que te están dejando de querer. Ahí, en esa suerte de confesión sin culpas ni culpables la película deja que lo imprevisto siga siendo indomable. No todo se vende, no todo se compra, no todo se explica. El amor muerde al tiempo (dije muerde, no corroe) o el amor suele estar fuera de la norma.
Son tres personajes que habitan el triángulo del tiempo pero ninguno quiere sacar ventaja del otro. La fatalidad del amor irrumpiendo en navidad. El amor como objeto extraño, sin domesticar, que socaba los cimientos del sistema familiar. Sistema familiar, aliado fiel del psicoanálisis capitalista.
Hay formas que son universales. Lo que viene de afuera sin avisar, lo que aún no ha sido reglado porque como deviene todavía no tiene forma. 36 planos secuencias que observan el mundo, lo que este tiene de tensión entre la norma y su irrupción. El cine rumano está de moda me decían mis amigos pero yo pensaba que a la moda la gente se suma sin querer y que estas películas tiene muy pocos espectadores. Y claro la navidad es más fácil con Santa Claus o su versión española y cristiana del Niño dios. No, no es moda lo del cine rumano, es un taladro que agujerea el más traidor de los sentidos, el sentido común occidental, hollywoodizado y oscurantista; ese que te hace creer que lo universal se sostiene por sí mismo.
Aquel martes después de navidad. La vida, para ellos y para vos si la ves, ya no será la misma.
Crónica publicada en revista Good News, diciembre 2011
no se puede dejar de mirar
Publicado: diciembre 3, 2011 Archivado en: esto tampoco es una crítica de cine | Tags: él es hermoso, ella irradia luz, italia vista de cerca, la autencidad como anti-valor, quién define la relación estética? kiarostami el más moderno de los clásicos 1 comentario »Pasear por Buenos Aires sin los zapatos adecuados es un bajón. Y correr de un cine a otro intentando aprovechar estrenos que no sabés cuando aterrizarán en tu ciudad, ni te cuento. Ok, Copia Certificada llegó a la Córdoba, y ahora se repone en el cine Teatro Córdoba, sin tanto desfasaje cronológico con la capital, pero yo no me arrepentí ni un segundo de haberme cruzado el abasto porteño como una desquiciada en una carrera contra el tiempo. Y no me arrepentí porque hay algo solidario entre el desamor y la gran ciudad, como si el anonimato fuera una especie de paliativo, de contrapunto para esa soledad sin fondo que sentís cuando te dejan de querer.
No, Copia Certificada no es un antídoto momentáneo para el desamor. Por el contrario, es una de esas películas que, a menos que seas cinéfilo o un espectador atento a las figuras, pasan por tu vida totalmente desapercibidas. Es de Abbas Kiarostami, un iraní que con el tiempo se va haciendo más y más lúcido, y “la figura” conocida es Juliete Binoche, hermosa francesa a quien los años también le sientan cada vez mejor. Es muy probable que cuando leas esta crítica la película ya esté fuera de cartelera, lo importante es que la veas, cualquiera sea el formato.
¿Y por qué querría alguien, repito, alguien no cinéfilo, mirar una película de un iraní ajeno a nuestro common sense occidental? Voy a tratar de convencerte.
Primero porque lo interesante de su cine es que traspasa todas las fronteras. No es sólo una película. Es una experiencia cinematográfica.
Segundo porque esta película es la expresión más concreta de una pregunta que los filósofos y pensadores se hacen desde hace miles de años: ¿Dónde está la verdad? ¿Cuál es modo de conocer? Y que los mortales aplicamos a ciertas situaciones de nuestra vida cotidiana casi sin darnos cuenta: ¿me está mintiendo? ¿Es tan así como me dice? Él, tu jefe cuando te dice que por ahora no, por ahora no le cierran los números; tu amigo, tratando de convencerte que sólo le interesas como amiga, o el locutor de ese programa de radio repitiendo las mismas necedades que escuchaste en el informativo de anoche. ¿Qué me cuentan? ¿Y Tu novio? cuando contesta “sí mi amor” a todo, sin registrar que le dijiste que a lo mejor no lo querías más o que ese corte de pelo le queda fatal. En fin, cuando las pruebas no son ni necesarias ni suficientes para saber dónde está la verdad, esa búsqueda suele transformarse en una cruzada moral en pos de un valor: la verdad como “el” bien. Y hete aquí la propuesta que tengo: que te encuentres con una película que relaciona de una hermosa manera, el amor, el desamor y la verdad. Y encima, lo hace a través del juego.
Un hombre y una mujer juntos en Italia. Él, (William Shimell) es un investigador de arte inglés y se dedica a estudiar los plagios de grandes obras; escribe un libro que presenta en la Toscana. Ella, (Juliete) es galerista y leyó su libro con el cual, sobre varios puntos, no está del todo de acuerdo. Deciden dar un paseo y almorzar en las afueras de la ciudad. La conversación se torna familiar, entre graciosa y demandante. Con una confianza impropia para dos desconocidos pero encantadora en estos personajes. A partir de aquí, como espectadores, ya estamos en el juego. Un diálogo agudo e hilarante, donde las palabras fluyen y la regla parece ser la sutileza en la disposición del rol: jugar a ser una pareja que discute su matrimonio de más de veinte años.
Nostalgia, reclamos, puntos de vista, universo femenino versus universo masculino. Y nosotros, del otro lado, tomamos partido, coincidimos con él o con ella, o en el mejor y más mentiroso de los casos nos proclamamos neutrales. Mientras tanto el arte como disparador, como lugar de encuentro para el diálogo, como toma de postura frente al mundo: Ella plantea, ¿Quién define cuál es el original y cuál es la copia? ¿Es quien se conmueve frente a algo o es quien sabe de algo? Él sigue fascinado por la práctica de plagiar. ¿Dónde está la verdad? ¿Y cuáles son las pruebas necesarias y suficientes?
Guiño a la crítica, a la filosofía, al pensamiento cuando este se transforma en institución y cede su libertad de acción a la búsqueda de un valor supremo. Los personajes de Copia Certificada se definen por sus roles, y estos van cambiando como cambia la temperatura del agua del mar cuando la atraviesan corrientes cálidas o frías. La verdad no está en la caverna de Platón, no es algo a develar, la verdad es una acción, es un ejercicio de libertad.
Tercero, tenés que ver Copia certificada, no porque te ayude a entender el desamor sino porque plantea que este también puede ser des-psicologizado, mirado, sufrido, llorado, aceptado y hasta, y con cierta distancia, divertido.
Salí del cine, tenía que seguir exprimiendo la cartelera porteña. Pero bajé un cambio, ya no necesitaba ver más, algo se había movido de lugar. Ahora fumaba mirando los caminantes de esa ciudad que, de tanta gente que tiene, te hace sentir como en casa, o como en una casa abandonada que recibe a los que se pierden. Si, otra vez el cine me estaba ayudando.
La invitación está hecha. Copia certificada propone enfrentar un desafío a los lugares comunes, como una posibilidad de estar despiertos frente a algo que es cada vez más potente: el cine como forma que piensa, cierto cine como lugar de encuentro.
Tres títulos en DVD que de alguna manera muestran eso que es tan difícil poner en palabras cuando las palabras no alcanzan.
Te querré siempre, Viaggio in Italia (1960) de Roberto Rossellini: una pareja, una transformación.
Esther Kan, (2000) de Arnaud Desplechin: una mujer, una transformación
Una pareja perfecta (2005) de Nobuhiro Suwa: una pareja, una decisión.
nota publicada en revista Good News, octubre 2011
Antes del estreno y sus adorables criaturas
Publicado: noviembre 28, 2011 Archivado en: Cine nacional | Tags: ..., el pelo teñido más lindo que vi, que difícil hacer algo después de verano del 98, un homenaje a Cassavetes Deja un comentario »Ficha técnica en imdb: http://www.imdb.com/title/tt1747931/
Erica Rivas interpreta a Juana, una actriz que en dos días estrena su primer papel protagónico en el San Martín.
Erica Rivas se disfraza, desprotegida e insistente, de femme fatal. Se muestra nerviosa, entrecortada, por momentos ajena y siempre aferrada a un vaso de alcohol. Conversa con su hija Lili (Miranda de La Serna) de un modo cómplice más que maternal. Es hermoso escucharlas hablar. La pequeña debe aprender de memoria un poema de García Lorca y mientras su madre maneja la niña recita palabras entonadas en un castizo infantil que enternece toda la escena. Juana le dice, “es Yerma” y le explica un poco la parte del poema donde Yerma habla la semilla, de su condición de “mujer seca”. En el camino paran a recoger a Roman (Nahuel Mutti) esposo de Juana y padre de Lili. Siguen viaje los tres juntos hasta llegar a la casa de campo que eligieron para vivir. El lugar tiene un jardín enorme con árboles y un río cerca. Román le cuenta a su hija que esa casa les gustó por la zona del puente, porque a su mamá le recordaba a “Los puentes de Madison”. Con esa y otras citas cinéfilas como la admiración de Juana por Gena Rowlands, la película se aleja del modo new age que Giralt había adoptado en su anterior filme, Upa donde también representaba el mundo de los actores. En Antes del estreno sin embargo no es el mundo lo que se retrata sino algo más pequeño pero a la vez más grande, el universo temporal inmediato (sólo dos días antes del estreno) de una mujer nerviosa. Su entorno, algunas referencias a la frivolidad del medio, su hija y su marido, inmerso también en el mundo de la representación sólo que él dirige películas experimentales. Cada detalle está contenido, Juana ensaya sus líneas en los rincones de la casa y el relato hace foco en esa tensión que está al medio entre la personalidad y el acontecimiento. Todo y nada sucede alrededor de la incertidumbre de ese momento que puede ser cualquier momento.
Las profecías sobre la película eran catastróficas, con Nahuel Mutti, el ex verano del 98 y el director de Upa!, la cosa no pintaba bien.
Y sin embargo.
La intensidad no dramática, el límite preciso entre la ansiedad y la comedia, una cámara discretamente estetizada ponen a Antes del estreno en la línea de las películas más conmovedoramente interesantes. Es chiquita, sin cinismo pero con cierta distancia crítica, la que te ayuda a mirar los personajes más a la medida del mundo para ellos construido que del tuyo.
Erica es impresionante, capaz de ser la víctima inconclusa en Por tu culpa a la poderosa actriz de labios rojos que no puede soltar el vaso de fernet. Miranda de La Serna (su hija en la vida real) y Nahuel Mutti son frescos, sensibles, graciosos. Un trio insoportable pero adorable y hermoso para un momento en la pantalla.
Entre el gusto y el argumento
Publicado: noviembre 8, 2011 Archivado en: Flash de estrenos | Tags: el cine como laboratorio, limpio y obsesivo, los vaivenes de la crítica, no todo lo que brilla es oro, que cierta parece marisa, ser prolijo, una actriz como pared! 3 Comentarios »La piel que habito, Pedro Almodóvar 2011
Había escuchado tantas celebraciones sobre la última película de Almodovar que tenía muchas expectativas al encontrarme con ella. Las alabanzas venían de críticos que anteriormente se habían resentido contra el realizador español.
En un congreso de cine europeo realizado en Barcelona en el 2007 (MICEC), uno de los puntos de ataque sobre la producción occidental, (es decir Europea o Norteamericana, porque para el “primer mundo” occidente sólo es Europa y Norteamérica) era justamente el fracaso del realizador manchego. Su autorreferencialidad, su falta de compromiso para con la época, la recurrencia excesiva a los mismos tópicos que le habían valido su reconocimiento. Los españoles se quejaban de que su carta de presentación cinematográfica en el exterior fuera Pedro Almodovar. “No nos representa” “Es un clisé de España” “No permite abrir el juego” rezaban apesadumbrados y mientras tanto enarbolaban banderas más radicales, como las del portugués Pedro Costa o los catalanes Marc Recha o Albert Serra.
Algo así como si en un festival muy indie de Argentina, productores extranjeros preguntaran por Eliseo Subiela o por Campanella. Imaginen, los cinéfilos pondrían el grito en el cielo y a coro dirían ¡¡“Esto no es el cine argentino que nos identifica”!!
Con esa imagen de Almodovar dejé España, o el congreso y me acordé de aquel dicho “nadie es profeta en su tierra”. Lo cierto es que años más tarde, aquellos críticos encarnizados con la factoría Almodovar, defienden su última película como si de una obra maestra se tratara.
Por otra parte mis compañeros de “El cinematógrafo” me decían que esta película no estaba para nada buena. Entonces, como me atrae la controversia, fui al estreno de La piel que habito convencida de que me iba a gustar muchísimo y de que íbamos a tener debate en el programa.
Pero La piel que habito no me gustó. Igual el punto, en este caso, excede el terreno del gusto propiamente dicho. No hay forma de que la pases”tan” mal viendo una película de Almodovar porque siempre hay algo, algo aunque sea nimio pero interesante de ver. Sus recovecos psicológicos, los enredos sexuales, la estética, cada vez más precisa, los detalles, los colores, es decir, las formas de todos los elementos que ingresan en la puesta en escena de este director. No hay azar ni casualidades. Hay una minuciosidad extrema entre los personajes, sus movimientos y el espacio que transitan. El mundo es un juego en el universo de Almodovar.
En La piel que habito Antonio Banderas encarna a un reconocido cirujano fascinado con las posibilidades de la medicina transgénica. Tiene un laboratorio privado en su mansión alejada de la urbe donde aplica descubrimientos a lo frankestein. Contar el argumento de la película implica desentrañar la trama que es, justamente, el eslabón que juega Almodovar para sorprender y atrapar al espectador. Solo diré que hay una mujer, Elena Amaya, que es la versión jovencísima de Victoria Abril, un ama de llaves, madre secreta, Marisa Paredes y un joven sastre como nexo entre si se quiere la parte más oscura, perversa, pero también graciosa en la historia de La piel que habito.
Y en este sentido, el triángulo minucioso de La piel que habito se parece a esas películas donde toda la inteligencia del mundoesta puesta al servicio de un guión perfecto, con sus giros, sorpresas, golpes de efecto, todo, todo encadenado con rigor y cinefilia, pero cinefilia de la histórica. (Muchos críticos al hablar de esta película citan al mejor Hitchcock, el de Vértigo y al más insidioso Buñuel, el de Viridiana).
Y sin embargo.
A la película le falta verdad. No verosimilitud, que la tiene a montones. Es que en realidad no sé si le falta algo o le que sucede es que le sobra. Y en este caso, el exceso está contenido en el mismo manierismo de la forma.
Hay una distancia entre la vida que transmite un personaje y la construcción de una obsesión en la cabeza de un autor. Es como si la película fuera perfecta, pero con la perfección de un maniqui: sin vida. Exuda dinero, frialdad, planos nacarados, brillantes, como si todo en el filme, personajes y utilería fueran de un plástico caro, irrompible, hecho a la altura de las necesidades de ascenso de una burguesía artística.
Es una película que podría compararse a esas escenas de película donde el enamorado le regala a su enamorada, en un acto de amor sublime, mirándola a los ojos, el brillante más caro del universo. Ella lagrimea, él le pide casamiento o perdón, para el caso da lo mismo, y sellan el romance con un beso de calidad. Sí, si, el beso es de calidad. Eso es para mi La piel que habito, una especie de idea preconcebida que estalla en la cabeza del director, personajes que cierran, una maestría en el guión que apabulla, y un regalo que brilla. Pero claro a no todos nos gustan los brillantes.
Aunque nos expliquen que es el más caro de los caros brillantes, el más buscado y deseado, hay una inmediatez en aquello que es sensible al gusto (que por otra parte no implica verdad en el argumento) que ni todo el oro, ni la educación artística del mundo podrían comprar, pero que nunca está de más conocer.
Y me quedé pensando.
Por qué muchos de los críticos que veían a Almodovar como un artista en formol hoy aplaudían La piel que habito.
Hay algo premonitorio, algo que anticipa, que señala rumbos en La piel que habito. Algo que tiene que ver con las posibilidades de la medicina, preguntas en torno a la bio-política, a la genética, a la ética y a lo siempre pequeños que somos los mortales.
Hay ficción en ese mundo de posibilidades que la ciencia promete. Y hay mucho de ciencia como redención en los caminos de la ficción.
En todo caso los caminos del cine son insondables…
3 instantáneas: Habemus Papam, Gigantes de Acero, Contagio
Publicado: noviembre 7, 2011 Archivado en: Flash de estrenos | Tags: diferencias que suman, hollywood a veces sabe lo que hace, viva nanni, y viva la diversidad! Deja un comentario »Habemus Papam de Nanni Moretti.
Moretti es un cineasta italiano contemporáneo, sus películas están casi siempre ligadas a su propia autobiografía. Las más conocidas son Caro Diario (1993) y Aprile (1998), hace unos años estrenó La habitación del hijo (2001) y El caimano (2006), una comedia crítica del gobierno de Berlusconi. Muchas veces se asocia la figura de Moretti al Woddy Allen italiano, en sus películas se autodefine como un neurótico, obsesivo, culto, crítico, a veces cínico. Lo alucinante de Moretti es que el cinismo nunca es ajeno, siempre pasa por sí mismo.
Cineasta ácido, inteligente y muy sensible.
Con Habemus Papam se fue a la mierda. Se mete en el vaticano, y construye un relato que a partir del delirio resulta sumamente creíble, crítico y tierno a la vez. Un sacerdote, interpretado por Michelle Picolli (impecable actuación) resulta elegido para ser el próximo papa. Cuando tiene que dar el discurso de asunción le da una especie de panic atac y no puede asumir el compromiso. A partir de ahí las situaciones entre todos los miembros del vaticano, la prensa, los fieles y las propias angustias del futuro pontífice se transforman en una pintura de época terriblemente lúcida pero no por eso menos compasiva. Compasiva hasta con una institución como el vaticano profundamente detestable.
Gigantes de Acero de Shawn Levy, con Hugh Jackman y producida por Spielberg
¿Por qué está buena Gigantes de Acero? Es cine industrial, ese que mezcla y usa todo el arsenal del séptimo arte en función de una única cosa: que la película funcione. Y funciona.
Está ambientada en el futuro, pero la primera y más increíble imagen con la que abre la película es atemporal: Jackman manejando un camión en una ruta decorada por molinos de viento al costado. Hermosa imagen de esa Norteamérica por export que sólo el cine pudo mostrar…
Nada es tan distinto en este futuro, la diferencia está en el uso que hacemos de las cosas. Hugh Jackman es un ex luchador de box que dirige robots en el ring, su vida es desordenada y caótica y no logra salir adelante con su negocio, lleno de deudas y trampas.
Después viene el clásico efecto redención: le aparece un hijo al que nunca conoció del que se hace cargo por un verano a cambio de una suma importante de dinero. La vuelta de tuerca es que el niño tiene mucha magia, se fascina con los robots y con el mundo del padre y así comienza una relación de transmisión-aprendizaje entre dos seres humanos como el mejor cine, sabe hacer.
La película va al hueso, todo lo que ralentice el relato fuera. Cada escena te pide que no abandones ni por un segundo la emoción. Porque Gigantes de acero es eso, es una película con robots sobre el afecto.
Parecida a Inteligencia artificial de Spielberg, a Super 8, a ET y también a los clásicos “Los contrabandistas del moonflet” de Fritz lang, a “El verano de kikujiro” de Hou Siao Sien, lo que sucede en la película, es que además de lograr esta suerte de aprehensión inmediata del espectador, bien a lo “Hollywood”, es que habla de la transmisión entre un padre y un hijo, del aprendizaje de un oficio, de la vida con oscuridades, de la muerte y de eso que sucede cuando dos personas que se gustan se encuentran, porque lo más lindo de Gigantes de acero es que independientemente de tener una relación sanguínea, los protagonistas se eligen desde el afecto, se caen bien.
Es una película inteligente. Donde el planteo sobre el futuro no es redención de nada, el futuro puede ser tan oscuro y tan lindo como el presente y la tecnología es y será un espacio de encuentro, no de desconsuelo.
Contagio 2011 de Steven Soderbergh. Sodebergh es conocido por Sexo, mentiras y video, por Erin Brocovich, por Traffic, con estas dos últimas ganó dos oscars, por Ocean´s twelve…
Es rara Contagio. Desde la primera escena establece un pacto con el espectador que pareciera decirle: “No me importas”. Pero sin embargo no te sentís estafado, te quedas y esperas. Y esa decisión está bien. De alguna manera estamos frente a una película personal.
Dos párrafos anteriores decíamos que hay películas made in Hollywood, esas que “van al hueso”, que nos emocionan, que construyen lazos. Lazos que duran el tiempo que estamos adentro del cine, pero lo hacen tan bien que uno tiene la sensación de conocer a los personajes de toda la vida.
Bueno con Contagio pasa lo inverso, y sin embargo es factoría hollywood: una distancia fría y apocalíptica recorre la película. Los personajes, estrellas famosas como Gwyneth Paltrow, Kathe Winslet, Jude Law, entran y salen de la película sin que uno pueda ni siquiera encariñarse para después sentir su ausencia. Y es que no importa el sentimiento, la epidemia va cobrando víctimas y una música electrónica alucinante (o acuciante) funciona como airbag de la tragedia.
Contagio es rara. Aunque su trama es sencilla: un virus desconocido se apodera de varias ciudades norteamericanas y parece que la puerta de entrada fue en Hong Kong. El virus se contagia, como muchas pestes, a través del contacto, la respiración, por el tacto, por las prácticas más cotidianas como tocar un picaporte que un infectado tocó antes.
Y así empieza la paranoia que se va diseminando de una ciudad a otra a través de ciertos móviles. Las personas mueren, los personajes que parecían principales desaparecen y Soderbergh te muestra el costado más salvaje de la humanidad, pero nunca en plan “te voy a mostrar que tan cruel es nuestra especie”.
Todo se da vuelta; el personaje del que estamos habituados a desconfiar, el político, científico de alto rango, sólo es un científico de alto rango. La mierda está ahí flotando, pero no le pertenece a nadie en concreto. Soderberg, aunque si te descuidas con trampa mediante no echa la culpa. Hay una cadena de acontecimientos, que por azar, desencadenan en una tragedia y los hombres no son los protagonistas, son, como lo que somos, testigos, móviles, paracaidistas en un universo mucho mayor que el del papel protagónico de la historia.
Digo que es rara Contagio porque nunca tenes la sensación de que hay una oscuridad de fondo, un cinismo frente a la barbarie de un mundo que se está por acabar. Los personajes en varios momentos hacen referencia a otras pestes que azotaron la humanidad. Es una película anti-psicológica, anti moral. En un momento uno de los protagonistas le dice a otro: “¿te acordás ese médico que dijo que la úlcera no era producto del estrés sino que era una bacteria y para demostrarlo se inyectó él mismo la bacteria?” “Sí, lo recuerdo, pero a él le dieron el premio Nobel”. Esa frase es crucial en la tesis de la película porque nos saca a nosotros los mortales del centro del universo. Después de varias muertes, de giros inesperados, de buscar el culpable, el origen del mal, la película redime los opuestos y hace foco en el azar, en la fragilidad de los seres humanos y en la irreverente potencia de la ficción para narrar la historia.
El nuevo cine de los noventa: El estudiante de santiago mitre.
Publicado: octubre 20, 2011 Archivado en: Cine nacional | Tags: cine inteligente, de escuela, de tesis, el poder como abstracción, la FUC Deja un comentario »
El estudiante es una película recibida con aplausos en el último Buenos Aires Festival de Cine Independiente, (BAFICI). Llegó a Córdoba en la muestra recortada que de este festival trae el Cine Club Municipal. Muchos críticos dicen que es el aire de renovación que le hacía falta al nuevo cine argentino.
El estudiante cuenta la historia de Roque (Esteban Lamothe), un joven de provincia que se inscribe por tercera vez en la universidad nacional. Esta vez se decide por una facultad en Buenos Aires, en una carrera de Sociales. Al principio deambula por los pasillos del edificio y la cámara registra un lugar en ruinas, las paredes pintadas, carteles políticos, y palabras académicas en torno a la lucha de clases. Roque se engancha primero con Valeria, una estudiante que vive en Avellaneda y que le ofrece un cuarto para quedarse. Pero al tiempo conoce a Paula (Romina Paula), una profesora adjunta militante de la Brecha. A través de ella ingresa en el mundillo de la política universitaria, que Mitre sentencia como el micro mundo de la política en general.
El estudiante es una película sumamente interesante. Es como el Puntero de canal trece pero en versión cinematográfica intelectual. Sus planos hiper pensados, la puesta en escena, el ritmo, la relación entre la voz en off y la imagen (versión reducida del planteo de Historias extraordinarias de LLinás), la construcción de personajes, la relación de estos y la trama.
Sin embargo, lo interesante de la película está más en lo que habilita pensar que en la supuesta novedad de su forma: pensar los modos de referirse a la política en el cine.
Hubo una semana en la cartelera cordobesa que El estudiante compartió tiempo, no espacio, con Juan y Eva, la película de Paula De Luque que, ficcionaliza el primer encuentro o flechazo en la historia de Juan Domingo y Eva Duarte. Dos relatos que desde opciones ideológicas y estéticas muy diferentes tienen a la política inscripta en su trama.
El estudiante es un ejercicio cinematográfico de gran envergadura. Juan y Eva es una declaración de amor, hacia el mito y porque no hacia una mirada. Su placa inicial reza: a Leonardo Favio.
Y aquí surge mi primera pregunta: ¿La distancia afectiva, la distancia ideológica, la neutralidad, la mirada crítica y desconfiada sobre lo que nos rodea de El estudiante, es sinónimo de inteligencia?
Y si vamos por más también podríamos preguntarnos si el golpe de aire fresco que muchos ven en El estudiante tiene que ver con la inclusión de la política en los jóvenes como tema candente, como marca de época.
Bien, sí, la política es un tema en El estudiante, la política como modo de relación, las transas, los arreglos, los acomodos, el todo vale. Mitre observa un mundo y una época con gran soltura cinematográfica, se parece mucho a la renovación del nuevo cine, el que irrumpió en la escena argentina sin creer en absolutamente nada más que el dispositivo y las ganas de contar algo. Esa renovación que encauzaron cineastas como Rejtman, Alonso, Martel, Caetano, realizadores que depuraron el lenguaje de tanta labia melodramática. Pero ellos eran parte de los noventa y la política era parte de lo que había que desmitificar, su apuesta era rodear el discurso y no hacerlo decir obviedades. Me pregunto, ¿cuál es el aire nuevo que aporta la película de Mitre? ¿Seguir mirando, construyendo un mundo, casi quince años después, como si de los noventa se tratara?
Mientras Juan y Eva, se define peronista, El estudiante elude cualquier identificación, es más se burla de ciertos líderes claves de la historia partidaria argentina, esto se ve claro cuando en una de las últimas escenas, los jóvenes estudiantes están de sobremesa en un plenario político que salió bastante mal y juegan a imitar, en clave teatral algunos discursos conocidos de Rucci y Perón. Los chicos juegan, se ríen, imitan, hacen teatro, mientras transan en el 2011 como lo hacían los líderes de los setenta.
Por otro lado no es menor los circuitos de distribución de ambos filmes, Juan y Eva se estrenó, aunque duró muy poco en cartelera, en casi todas las salas comerciales del país, mientras que El estudiante sólo se vio en el cineclub Municipal Hugo del Carril.
Esto implica necesariamente una pregunta sobre la vía de créditos, la ayudas del instituto, ¿qué películas llegan a las salas comerciales y de qué depende? No nos olvidemos que Juan y Eva está basada en el libro de Jorge Coscia, un funcionario del gobierno actual. Aquí hacen cola los escépticos para acrecentar las dudas y el escepticismo. Sin embargo ya que estamos entre datos no es menor tener en cuenta que El estudiante compitió con la película de Fernando Spiner, Aballay para representar a la Argentina en los premios Oscar y esto de anti-sistema no tiene mucho.
De todos modos no está de más preguntarnos por los criterios de los organismos estatales para otorgar financiamiento para hacer películas, ¿qué cine es financiable? ¿Qué significa el cine independiente?
Pero volvamos a los modos de mirar, si hay algo en El estudiante que nos queda claro es que la política es traición y el poder es malo.
Y esta tesis es la que encuentro anacrónica, pensar el poder como algo que nos excede y no que se ejerce, pensar que el poder por su propia naturaleza es “algo” malo, algo que se padece así sin más, (como tener un apellido y no otro, por ejemplo “Mitre”) me parece un argumento débil.
Por otra parte, habilitar un encuentro, tomar partido y hacer cine es parte de esta celebración. Una celebración que incluye, entre muchas otras, la posibilidad de cuestionar una noción de poder y un modo de mirar. El presente de las cosas es el tono que le damos. ¡Viva la ficción que es tan real!
De dioses y hombres
Publicado: septiembre 15, 2011 Archivado en: Cine francés qualité | Tags: de ascetismo y pulcritud, el mejor modo de reproducir ideología y no hacerte cargo, muy buenas interpretaciones Deja un comentario »Ficha técnica en IMDB: http://www.imdb.com/title/tt1588337/
Opresiva, prolija, puntillosa, esta película está basada en el caso real de un grupo de monjes franceses secuestrados y asesinados en 1996 en el marco del violento conflicto que enfrentó a la comunidad de Argelia durante esos años.
De dioses y hombres se detiene en la práctica ascética de estos monjes que renunciaron a la vida mundana para entregarse a dios. La cámara enfoca sus manos, sus gestos, su cotidianeidad hasta que un conflicto, que implica a toda la comunidad musulmana de la región, los pone en la disyuntiva de quedarse y asumir el riesgo de la muerte o retirarse y mudar el monasterio a otro lugar más seguro. La propuesta es honesta, ascética como la vida de los monjes que retrata. El planteo del filme es el mismo hecho y en este sentido el modo de abordarlo está a la altura del acontecimiento.
Sin embargo.
De Dioses y Hombres me deja un sabor amargo y contradictorio. Desde el título mismo se plantea una dicotomía que le resta cuerpo y violencia a la muerte, a la guerrilla, a la colonización y subordinación de un pueblo dominado por la cara culta francesa de la vieja Europa. La película está sujeta al tema porque es su tema y por tanto éste se impone sobre los puntos de vista posibles. La polisemia de la imagen aquí tiene una única dirección: la angustia de los religiosos, sus temores, dudas, el costado humano y contradictorio del vínculo con dios. Pero de esta forma, otra vez, la civilizada cara de Europa, a través de los monjes, se configura en la verdadera víctima de una tragedia aún mayor. La violencia sobre el cuerpo, la violencia individual, la excelente configuración de los religiosos asesinados termina tapando el contexto.
Parte II, la experiencia:
¿Y qué es una película sino un recorte de algo? ¿Por qué debería decir más de lo que dice? Acá soy yo la que entro en esas disyuntivas morales que tanto me molestan. Debo reconocer que los argumentos que utilizo para justificar porque no me gustó De dioses y Hombres son parecidos a los que en otras oportunidades recurro para decir lo contrario. Hay una anécdota en relación a la justificación del gusto que me parece interesante porque desmantela el lugar de certeza de los críticos. Para los cinéfilos, lectores de la revista de crítica cinematográfica francesa Cahiers du Cinemá, es conocida la frase que devino sentencia “el travelling es una cuestión de moral”. A partir de dicho punto Sergey Daney, uno de los personajes fundadores de la mítica Cahiers, arremetió contra la película de Gilles Pontecorvo sobre el holocausto, Kapó (1960). Sin embargo el mismo Daney reconoció años más tarde que la relación entre el objeto y su modo de abordarlo fue inversa: al él primero no le gustó Kapo y después se vio impulsado a elaborar un andamiaje teórico para justificar su punto de vista. No pretendo hacer una analogía con esta crítica, pero si resaltar que la argumentación del gusto suele ser un ejercicio tramposo.
De dioses y hombres es una película impecable pero en ese ascetismo formal (muchas veces interrumpido por música grandilocuente subrayando los estados de ánimo) se cuela una ¿cínica? reproducción del orden dominante: la humanidad (y el valor abstracto de su bien) por sobre los conflictos jurídicos, territoriales, es decir, contingentes y materiales, coloniales e interpretativos. Un afán occidental por nombrarlo todo, hasta lo que no le pertenece por más domino que ejerza sobre él.
La eternidad de El último bolchevique
Publicado: septiembre 9, 2011 Archivado en: Ciencia y Ficción, esto tampoco es una crítica de cine | Tags: el hombre más inteligente que escuché, la sensibilidad es un gesto político, me gustaría conocerlo Deja un comentario »Los chicos de cinéfilos hacen un ciclo sobre los años noventa. Yo de los noventa recuerdo un mundo que entendía poco, un menemismo que azotaba de incoherencia las palabras; que las palabras raras veces tenían que ver con los hechos y también me acuerdo que a la mayoría le gustaba que un peso fuera igual a un dólar. Lo cierto es que durante los noventa se marcaba bien claro la diferencia entre los que vivían esa década fiestera y los que la observaban.
Y Chris Marker siempre fue un adelantado. Imagínate que en 93 hizo “El último bolchevique”. A pocos años de la caída del muro de Berlín, él hizo una obra como el “El último bolchevique”.
Chris Marker creyó y apostó por todos los movimientos sociales de izquierda que prometían una humanidad más justa. Filmó en Vietnam, amó Vietnam cuando se alzó contra Estados Unidos. Filmó en Chile con Mattelard cuando Allende era el futuro. Se fue a Cuba miró al Che, escuchó a Fidel y cuestionó las colonias francesas en Argelia. Pero a mediados de los 70 ya estaba entendiendo algunos fracasos de esa gauche divine y filmó “El fondo del aire es rojo”. En esa película disecciona las desventuras y conflictos de la izquierda, como quien mira a un hijo que no entendió nada de lo que sus padres le enseñaron. Aunque sabe que en el fondo y algún día, esos frutos harán que el aire sea por fin rojo. Marker jamás dejó de ser el más crítico pensador de sus propios deseos.
En El último bolchevique recorre parte de la historia del siglo XX a través de la obra de su colega ruso Alexander Medvekin, un ferviente revolucionario de aquella revolución sin pueblo de la que Stalin se enamoró.
El Último bolchevique es una de las películas más lindas que vi. Una de esas obras que son un tratado de ética, una apuesta al humor y la sensibilidad como alternativa para la melancolía. Además es una película inteligente que interroga desde el afecto y la admiración los límites de la ideología. Medvedkin, cineasta ruso, amigo de Chris Marker, no podía esconder su singularidad, no podía dejar de imprimir su sello en cada película que hacía pero a esa revolución no le interesaban las singularidades. Medvedkin fue censurado y sin embargo él seguía creyendo. Hay una suerte de ingenuidad pero también de valentía en ese acto de fe que implica seguir creyendo en algo y en alguien que te traiciona con la fuerza de los hechos.
Marker abre interrogantes, relaciona la producción artística de Medvedkin con un contexto hostil y autoritario. Se pregunta por el sentido, por el valor homogéneo del sentido. Viaja al pasado e interroga el vínculo entre este y el presente. Sin establecer respuestas, la película-homenaje, con formato epistolar de Chris Marker a Alexandre Medvedkin, es una propuesta que recupera la responsabilidad del arte para pensar y actuar en el mundo.
Deleuze en su libro Cine I, Bergson y las imágenes, define la imagen cinematográfica como imagen movimiento y diferencia el movimiento privilegiado del movimiento cualquiera:
(…) “El cine no puede definirse más que como la reproducción del movimiento (…) y allí está la verdadera ruptura, la auténtica novedad del cine. (…) El cine en tanto metafísica moderna que corresponde al descubrimiento de la ciencia moderna: la reproducción mecánica del movimiento, es decir, la reproducción del movimiento en función de instantes cualquiera, en función de instantes equidistantes y ya no como antes, (ciencia antigua) en función de movimientos encarnándose, es decir, de instantes privilegiados.” (Deleuze, 2008: 116)
El cine de Chris Marker es un cine que agujerea, que perfora el sentido (único) de los acontecimientos porque hace dialogar las imágenes con un sentido global, saca al cine del ghetto “cinéfilo” y lo pone en relación a la cultura. Es decir; no reduce una interpretación a un “instante privilegiado”, asume el carácter finito, histórico, personal, construido de las imágenes.
Su método es “perforar el sentido, horadarlo, agujerearlo”. Y allí donde la inercia, el establishment, el sentido común, la pereza, ven causas únicas o respuestas indiferentes Marker recupera la parte del conocimiento que tiene que ver con la sensibilidad, porque, sólo desde allí, la mirada puede ser libre.
Medvedkin era un hombre libre al que ni todo el cinismo del mundo pudo quitarle el deseo de hacer y crear una sociedad más justa.
Mi elección noventera es por ellos. Porque en una década donde Argentina estuvo silenciada por la estupidez, había como Marker, como Medevedkin, hombres justos que se empeñaban en ver siempre la parte linda, la alegría de las cosas, y si eso no es resistencia, qué es?












